¡PUXA!

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Me llamo Cultura y me apellido Asturiana. Ahora mismo estoy escondida, temerosa de las represalias que se puedan tomar contra mí ante las tropelías que se están cometiendo en mi nombre.

No es ninguna novedad. Mis hermanas Cultura Vasca, Catalana, Andaluza, Americana, Ecuatoriana, incluso la de Serbia y Montenegro han pasado por los mismos problemas, si no peores.

Pero eso no ayuda, al contrario, nos alerta aún más del peligro.

Para que me entiendan: ¿Qué hubiera pasado si en Bilbao hubieran hecho caso a aquellos que se oponían al Guggenheim argumentando que lo apropiado era construir un museo para artistas vascos? ¿Se hubiera incrementado el número de turistas como en estos  últimos años?

¿Hubiera sido Ferrá Adriá portada de toda la prensa internacional si en vez de hacer sus experimentos (perdón, recetas) se hubiera focalizado en el pan tumaca o en los calcots?

O más concretamente ¿Hubiera tenido el Festival de cine de Gijón la repercusión internacional que ha tenido si se hubiera limitado a programar compulsivamente retrospectivas de Garci? Y mira que le tengo aprecio: no hay nada como una película truño para que los paisajes maximicen su protagonismo ¡Y que bonita saca siempre a nuestra tierra!

Mi hermana la cultura andaluza ya tuvo que sufrir lo suyo con el Generalísimo. Al “generalizar” sus manifestaciones como propias de toda la cultura española consiguió, por ejemplo, que mucha gente le tenga ahora manía a la copla. Y no se lo merecía, desde luego.

Por eso temo por mí ahora que los descendientes políticos de Franco han puesto el mismo empeño en reivindicarme. Tengo miedo de que la gente deje de beber sidra, de que rechacen el atrevido diseño de nuestras madreñas (que ya le hubiera gustado inventar a ese tal Manolo) o que prohíban el delicioso sonido de la gaita en bodas y comuniones.

Y lo que es peor, temo que la gente cuando se agarre un buen cogorzón deje de cantar “Asturias, patria querida”. Eso sería la puntilla para acabar de matarme.

Si quieren que siga viva no me impongan, por favor. Yo estoy ahí siempre y todos los asturianos lo saben. La cultura, en Cuba o en Detroit, es la antítesis de la restricción y no hay nada como mezclarse para hacerse más fuerte.

O como dijo ese gran icono de la cultura internacional: “Si me queréis..¡Irse!”

¡Puxa Aturies! (pero moderna)

SOR MARÍA

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Me acusan de vender niños, de coaccionar a las madres biológicas para abandonar a  sus bebés (incluso de robarlos sin su consentimiento), de cobrar a los padres adoptivos, de ser la cabecilla de una mafia organizada de religiosas, médicos y enfermeras… No señores, no soy ninguna reina del hampa. Si Dios me hubiera dado ese talento tal  vez me hubiera entregado al mundo de las drogas (mucho más rentable) o al de la prostitución (tratando a las chicas como se merecen eso sí, como Jesucristo hizo con María Magdalena)

Ya lo dije en el comunicado que ante semejantes acusaciones me vi obligada a publicar: “He dedicado toda mi ya larga vida, pues acabo de cumplir hace dos días 87 años, a ayudar a los más necesitados de manera desinteresada, como forma de hacer realidad mis profundas convicciones religiosas”.

Ese es mi único pecado. Por eso me sientan ahora en el banquillo de los acusados.

La vida llevó a mis brazos a multitud de bebés que no habían nacido en el lugar adecuado en el momento justo. Y yo tuve la oportunidad de corregirlo, así de simple. ¿Es un pecado querer para los demás una vida mejor?

A muchos de esos niños los rescaté de úteros manchados por el pecado entregándolos a matrimonios virtuosos que solo deseaban crear una familia sin pagar el sucio peaje de la cópula.

Jesucristo también fue  hijo de un adulterio celestial: el de la virgen María con el mismísimo Espíritu Santo. No hay mejor coito que el que no se consuma (palabra de monja)

Ya lo dijo Churchill ,“Con el espíritu sucede lo mismo que con el estómago: sólo puede confiársele aquello que pueda digerir” Y muchas madres que pasaron por aquellos hospitales no tenían el espíritu (“santo”) necesario para digerir su propia maternidad.

Y no me estoy justificando. Lo que yo hice lo han hecho también los más importantes gobernantes del mundo.

Que se lo digan a Grecia, a Portugal, a España…Estos países también abandonaron su moneda-madre para ser adoptados por la promesa de un futuro mejor: el euro. Claro que todo sueño exige también sacrificios (¿Qué hay más cristiano que un buen sacrificio?)

Y riesgos: no siempre se acierta con la familia adoptiva y a veces los sueños se tuercen.

Pero no hay que lamentarse. Ahora muchos de aquellos niños buscan “desesperadamente” a sus familias biológicas. Deberían aprender de esos países que, ahora más que nunca, se aferran a sus padres adoptivos: Europa y la Banca.

Fueron ellos los que les cuidaron, los que les dieron la vida que siempre hubieran soñado, incluso por encima de sus posibilidades. Son ellos los que cargaron con su educación, con su salud,…¿Para qué mirar al pasado?

Además yo tuve en mis manos la posibilidad de imbricar distintos orígenes biológicos con realidades sociales diferentes y las mezclas siempre fueron buenas. Miren si no a Tomasito ¿No roza el milagro?

DÉJAME HABLAR…

Ese día cambió mi vida. Pero no tanto por hacer público mi compromiso con el Príncipe si no porque ese día aprendí a tragarme las palabras. Una lección que jamás pensé que asimilaría, pero nobleza obliga.(Y nunca mejor dicho)

Desde entonces podrán llamarme pájara, pero nunca cotorra.

A partir de la boda el silencio se convirtió en mi religión. Un silencio que no solo era verbal; cada vez más delgada, fui desapareciendo, haciéndome más pequeñita (a pesar de los tacones), menos potencialmente peligrosa.

Cada nuevo traje de Felipe Varela era un poco más entallado, menos vistoso, más anónimo (como buena metáfora, el “rojo” quedó enterrado en el fondo de mi armario). Mi rostro, a base de carísimos tratamientos todo hay que decirlo, fue también perdiendo sus rasgos característicos, difuminándose en la nada.

Eso sí, el rictus no me lo hubiera podido arrancar ni el mismísimo Ivo Pitanguy.

Ese rictus tenso me delata. Porque callar a alguien como yo tiene sus riesgos pero también sus consecuencias.

Lo de Iñaki no me costó demasiado trabajo. Se veía de lejos que era la anatomía de un braguetazo. Una muy buena anatomía, todo hay que decirlo. Por mi experiencia periodística sabía las oscuras actividades que de forma encubierta practican algunas Ongs. Y a nadie le puede extrañar que mi suegro puede ser un buen maestro para ciertas prácticas de índole financiero oscuras y muy rentables. Yo misma puse en contacto a Urdangarín con su socio del instituto Noos. Lo demás salió rodado.

¿Ya les dije que durante años fui periodista? Pues eso.

Con Froilán fui más Rebeca de Mornay en “La mano que mece la cuna”. En las reuniones familiares le hablaba secretamente de lo divertido que era disparar. Y que dispararse a sí mismo era la mejor prueba para convertirse en el hombre valiente que un día podría convertirse en Rey. ¿Saben que en sus orígenes la Ley Sálica otorgaba el trono al hijo varón de la hermana del monarca? Entenderán que no estoy para dejar cabos sueltos. ¡Ay! Lástima que el niño tenga tan mala puntería. Va a ser cosa de familia…

Mi suegro me tiene un poco de miedo. A la gente lista y ambiciosa nos pasa mucho, sobre todo con esta gente que lo tiene todo por nacimiento. Deber ser por eso que, de vez en cuando, me pide consejo. Especialmente en el tipo de  asuntos que con la Reina y  sus hijos no puede comentar. Cuando me preguntaba qué me parecía lo de sus cacerías, sus amantes secretas o sus viajes a destinos desconocidos yo siempre le recordaba una cita de Pascal (es lo que tiene ser leída): “Un rey sin diversión es un hombre lleno de miserias”. Parece que la frase le llegó al corazón.

Ahora el camino está despejado y pronto dejaré de estar callada. Sacaré mis vestidos rojos del fondo del armario y el mundo se dará cuenta de que a las mujeres ya no se nos puede tapar la boca.

Prepárense para recibir a la primera Reina Republicana de la Historia.

MR. TEDIO

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Soy un virus muy contagioso. Un virus mortal.  Mis vías de transmisión no conocen límites. Como una plaga me cuelo en las casas, en las parejas, en las conversaciones, en los trabajos…Entro por los cinco sentidos y recorro las ideas, las articulaciones, el aparato digestivo y hasta los órganos sexuales.

A veces me instalo de por vida en una persona condenándola a la cadena perpetua de ser considerado lo menos apetecible del mundo: alguien aburrido. Aunque todos lo seáis un poco…

También condeno a muerte: Whitney Houston, Amy Winhouse o Mikel Jackson no fueron víctimas de las drogas. Eso es solo un síntoma. Yo les empujé al abismo al llevarles hasta el límite de mis posibilidades: aburrirse de uno mismo, de su propio personaje, de su propio éxito…Llegado a ese punto solo se puede desaparecer.

¿Y qué me dicen de mi poder en política? Si pusieran una papeleta  con mi nombre  en las mesas electorales ya veríamos quien gobernaba.

Pero no estoy solo. Junto a mí siempre va mi compañera más fiel: la ansiedad. Digamos que yo abro el camino y ella se encarga del trabajo sucio. Somos los Bonny & Clyde de las emociones. Yo más turbio, ella más peligrosa.

Con las últimas tecnologías parece que me lo han puesto más difícil ¡Já…! Ya hubiera querido el mismísimo Steve Jobs tener mi dominio sobre los medios. La televisión, internet, la multipantalla y todos sus derivados son mi mejor campo de acción.

Se presentan como el antídoto contra mi poderosa influencia y, por un momento, consiguen neutralizarme un poco. Pero ahí está mi chica para transformar el entretenimiento en ansiedad y finalmente, cual frontón, devolver la pelota a mi terreno: el tedio.

Mis únicos enemigos reales  son el pensamiento y la reflexión; juegan en otra liga. Tienen la capacidad de llevar a las personas hacia terrenos en los que sencillamente no puedo competir. Pero son tan pocos los que apuestan por ellos que no me preocupan.

Ah…También está el trabajo duro pero, como están las cosas, mejor no incidir en el tema.

No huyan de mi. Es la mejor forma de caer en mis cepos. Simplemente hurgen un poco en ustedes mismos y encontrarán la pócima para diluir mi venenosa energía.

Para muestra un botón:

EL CUERPO

¡Uy! Me acabo de arrancar un pelo del entrecejo ¡Estas jodidas pinzas…! Normalmente mis cejas me las cuida una amiga esteticiene que sabe lo que hace. Pero para el día a día me apaño yo, que me gusta a mí estar al detalle.

Depilarme las cejas ha sido un descubrimiento. Antes tenía la mirada…no se…como que no tenía mirada. Ahora en cambio, gracias al desbroce,  yo mismo frente al espejo me veo como más hombre, más desafiante… “Una mirada sin sombras”, me dice mi amiga.  Y así me siento yo.

Pero las cejas no ha sido lo único. Ahora mismo en el resto del cuerpo no tengo un pelo de tonto (je, je…) Excepto en la cabeza, claro. Empecé con el pecho que afeitao marca más el pectoral. Luego las piernas que para eso tengo unos pedazo de gemelos.  Y lo que más me costó, los brazos. Llegado hasta ese punto acudí a un centro especializado de depilación láser. Duele y cuesta una pasta pero mira, te lo haces de una vez y te quitas de preocupaciones.

A mí no me gustan las preocupaciones.

En el gimnasio hay gente que le gusta comerse el tarro. Les da por comentar las noticias de los periódicos ¡Joder! Como si con discutir de futbol no tuvieramos bastante. Y de proteínas que hay cada sobrao…

Yo voy todos los días al gimnasio antes de ir a currar. Pero no como esos “gays” (¿Lo he dicho bien? Je, je..) que van para mirarse al espejo y quitarse la  camiseta el sábado en la discoteca todo drogaos. A mi me viene  de puta madre. Para el coco y para rendir que yo soy un currante y en lo mío mejor estar fuerte. Y  bueno, alguna vez también me miro al espejo, je je…

Ayer me corté el pelo. Ya lo tenía corto pero me gusta llevar las sienes bien afeitaditas y  mi peluquera siempre me pone alguna mecha en el flequillo. Si, es una mariconada, pero a las tías les mola. Además qué coño, los recortes está de moda ¿No?

Luego me dirán que soy “metrosexual” ¡Valiente chorrada! Los metrosexuales son maricones reprimidos (se me ha escapao, je, je…) Me los llevaba ahora a mi curro, a ver qué hacían.

Y mi curro es muy importante. Entiendo tan bien a los toreros…Para mi ponerme el uniforme es como una ceremonia. Me convierto en un superhéroe. No es por nada pero me queda mejor que a muchos de las películas. Me siento fuerte, potente, capaz…O mejor, como me decía mi abuela, “imponente”. Si, me gusta sentirme imponente porque mi deber es ese: imponer la ley y el orden. Y el azul marino me sienta de puta madre, que me lo dice todo el mundo.

Hoy creo que tenemos lío, mejor que si no es un coñazo. Una “manifa” (¿Lo he dicho bien? Je, je…) no se de qué cojones. No me gusta saberlo, así me concentro más en lo mío.

Cuando estemos frente a ellos aguantando sus insultos y sus provocaciones, me acordaré , de mi pais, de mi abuela y de toda la familia de los que tengo delante. Y sabe dios que haré lo que tenga que hacer para resultar imponente.

Eso si, aunque aproveche para ejercitar mis músculos,  nunca diré lo de  “no tienes cuerpo ni de puta”…

Porque yo,lo que es al cuerpo,le tengo mucho respeto.

 

 

 

SAN PEDRO

Ni santo ni Pedro: Simón, para los amigos. La santidad es un título meramente institucional y lo de Pedro me lo puso Jesucristo al convertirme en la “Petra” sobre la que edificar su iglesia. En ese honorable momento me hizo entrega también de las llaves del Reino de los Cielos.

No les voy a mentir, me sentí halagado.  Pero a los pocos días del nombramiento, al vislumbrar las responsabilidades que conllevaba el cargo, pensé…¡Vaya marrón!

Por lo pronto me convertí en el primer Papa de la Historia. Con la perspectiva de los siglos no me puedo sentir orgulloso de inaugurar semejante estirpe: la inquisición, las cruzadas (de todo tipo, en todas las épocas) la doble moral,  el apego al poder, el respaldo a gobiernos  infames, el estratégico desinterés por la realidad del mundo…Son muchos los pecados que mis sucesores han cometido en nombre de Dios.

En España se habla ahora de revisar los convenios que se firmaron con la Iglesia cuando todavía gobernaba el dictador que tan alegremente paseamos bajo palio. Ya era hora. A ver si  así se dan cuenta de que el dinero no cae del cielo (puedo afirmarlo) y se ponen a currar en lo que realmente importa. Hay muchos cristianos que lo hacen pero curiosamente no reciben de nuestra Iglesia la cobertura que merecen.

Para mas “INRI” (tenía que decirlo) sobre mi tumba se construyeron la Basílica y la plaza que llevan mi nombre “artístico” y que presiden ese bonito conjunto residencial llamado Vaticano. Entenderán porqué, visto lo visto, prefiero llamarme otra vez Simón.

Pero eso son nimiedades. De lo que realmente me quejo es de mi día a día. Al recibir las llaves del Cielo me convertí en el portero del afterhours más exclusivo del universo: La eternidad. No cierra nunca y, una vez dentro,  no te puede echar ni Dios.

Las colas son interminables, especialmente cuando ocurren desastres naturales ( Al goteo de las guerras estamos más acostumbrados) Resulta enternecedor verlos a todos en filita  esperando nerviosos, impacientes, ansiosos por entrar…Igualito que en un afterhours. Y no es que yo tenga que decidir quién entra y quién no, a mí me pasan las listas ya confeccionadas con los nombres de los elegidos. Pero, como buen portero, me conceden cierta potestad para colar a los que bajo mi criterio considere.

Y eso es muy duro.

Hace poco coincidieron en la cola dos personas muy diferentes: Don Manuel Fraga y el “Pozí”. El primero, tengo que decirlo, venía con enchufe. Por un lado se le consideraba un aguerrido defensor de la cristiandad  y un adalid de la democracia en España. Por el otro, como ministro plenipotenciario de una cruel dictadura militar, un pecador soberbio y ambicioso.

El “Pozí” nunca estuvo muy católico y no mandó ni siquiera en su propia vida. Dios no fue muy generoso a la hora de concederle atributos, pero él hizo de la necesidad virtud y llegó a convertirse en toda una estrella de la televisión. Y como está la televisión eso ya es un pecado, pero no fue el único: homosexual, drogadicto, alcohólico…Como Truman Capote pero en versión barriada periférica del sur. Una pena de hombre.

Solo podía colar a uno y tuve que elegir entre “la calle es mía” y “Amparo…¡Te has fumao un porro!”

Dilemas así los  sufro todos los días. Cada uno de los hombres y mujeres que fallecen llegan aquí arrastrando una biografía llena de contradicciones. Para solucionarlo se inventó aquello del arrepentimiento: hagas lo que hagas, si al final te acabas arrepintiendo se te abren las puertas del cielo.

Háganle caso al portero. Procuren arrepentirse antes de que llegue el momento porque los arrepentimientos bajo coacción (y la muerte lo es) no se consideran válidos.

Cuando les toque y se pongan a la cola por favor no alboroten, no se pongan nerviosos y, sobre todo, no intenten sobornarme.

Conmigo no podrán.

NEGROS

Para que Obama haya llegado a ser presidente ha sido necesario que previamente 60 millones de negros fueran esclavos. Gracias a esa fina estrategia empresarial, el capitalismo pudo desarrollarse en el nuevo mundo con la rotunda impudicia que exige el código neoliberal en el que todos nos movemos.

Ser negro nunca ha sido fácil. Convertirnos en mano de obra gratuita pasaba por declararnos animales no humanos. Solo así la iglesia pudo desembarazarse de un sentimiento de culpa que podía cuestionar el entusiasmo propio de su vocación evangelizadora.

Nos convirtieron por decreto en esa masa informe, despersonalizada, deshumanizada que permitía sustentar la ambición de los oficialmente bendecidos como hombres: los blancos.

Pero no hace falta remontarse al pasado. Aquí y ahora, el lenguaje nos delimita a un imaginario del que resulta imposible sustraerse (las mujeres saben de eso un rato)

Negros son esos inquietantes agujeros del espacio que retan las leyes interestelares.

Negro es el dinero que no existe pero que se necesita para que todo funcione.

Negro es el color del luto, el que rinde  culto al dolor de la ausencia.

Negros son los gatos que en cualquier momento, en cualquier calle, auguran tu mala suerte.

Negros son los días en que cae la bolsa de forma estrepitosa. Pero también tus días malos, esos en los que todo se vuelve en contra tuya.

Negros son los trabajadores que se encargan de forma anónima de las tareas de las que los “blancos” no son capaces. Como el de Ana Rosa sin ir más lejos.

Negros son los chóferes más elegantes. Los que te llevan donde quieras sin cuestionar nada, sin voluntada propia. Como el de Cela, que además era mujer para que la sumisión fuera completa.

Negras son las ovejas que manchan el blanco historial de una familia ¿Quién no se ha sentido alguna vez oveja negra?

Negros somos todos, especialmente ahora con la crisis. Falta os hacía.

En Estados Unidos hay por fin un presidente negro, pero alguien tenía que cargar con el marrón. Y para cargar…¿Quién mejor que un negro?

 

 

MARTA

La semana pasada Tele 5 me dio un homenaje en forma de programa titulado “Mil días sin Marta”. Se equivocaron, cosa que no entiendo en una cadena  de tan probada seriedad y rigor. El programa se debería haber titulado “Mil días con Marta”. Nadie mejor que ellos para saber que nunca había estado tan presente, tan viva como a partir de mi desaparición.

Desde entonces he cumplido todos mis sueños de adolescente.

He sido la protagonista de una película de zombies. Como muerta viviente, he recorrido platós, he llenado artículos de prensa, he animado la conversación de innumerables reuniones…He reconciliado a todo un pueblo ( casi a un país) y he situado a mi familia en el foco de todas las cámaras.

He sido famosa, muy famosa (¿Qué adolescente no sueña con serlo…?) Tanto que mi poder en Tele  5 ha hecho temblar a Belén Esteban y hasta a la mismìsima Isabel Pantoja. El juicio a mis asesinos ha llenado más horas de programación que ninguna otra noticia. Mi muerte (y sus consecuencias) han conseguido replantear el tono de la cadena obligando a retirar de la parrilla a varios programas y a “suavizar” las temáticas del resto. Hasta he provocado (ante la retirada de anunciantes en “La Noria”) una campaña vocacional a favor de “las marcas” para paliar la aficción que ha despertado la crisis por lor productos anónimos.

Yo también tengo marcas, aunque mi cadáver siga  hundido en un secreto abismo.

Entre todos  también me han convertido en la víctima de una película de vampiros. Seres de apariencia inocente que han llegado a exprimir mi sangre hasta la última gota. Con lo que me gustaba a mí “Crepúsculo”…

No descarto que ahora me propongan participar en algún reallity. También había soñado con eso. Creo que ya escucho la voz de Anne Germaine sugieriéndome un contrato. Ahora es mi representante ¿No se lo había comentado?

Y lo mejor de todo: Andy y Lucas me han dedicado un disco.

Al final los sueños siempre se acaban cumpliendo.

MAXIME MACKENDRY DE LA FALAISE

Con mi hija Lou Lou y mis nietas, un peu overdressed.

 

 

 

 

 

 

 

Dirán ustedes que tengo más nombres que la polla pero, si solo se vive una vez, más vale cambiar de marido de vez en cuando. Ya lo decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en “El Gatopardo”: Que todo cambie para que todo siga igual.

Yo, por supuesto, siempre fui la misma.

Cuando regresé a New York no lo hice sola. Me acompañaba un artista emergente (Qué expresión tan prometedora) que conocí en Francia en los farragosos días de mi divorcio: Bernard Pfriem ¿No les suena verdad? Intenten pronunciar su apellido: Pfriem. Parece un mensaje enviado a horas inapropiadas por un amigo borracho y con presbicia. Y se de lo que hablo.

Con él puse en marcha una escuela de arte en Lacoste, la provenza francesa. Una región adorable pero sin  el ecosistema necesario para un volcán como yo. Pronto le convencí para extender nuestro proyecto en el Instituto de Arte de Cleveland y así cambiar de aires. Y vaya si los cambié.

En New York Bernard me sobraba un poco y focalicé mis intereses en otro sector que me asegurara independencia económica y emocional: la cocina. No se sorprendan, soy mujer de horno caliente y comer es el único placer que el cuerpo nos pide varias veces al día durante toda la vida.

Cocinar para los demás es un acto de generosidad que nos reconcilia con nosotros mismos; aunque utilicemos la misma receta ningún plato es exactamente igual a otro y cada uno de ellos refleja ese irrepetible estado emocional del momento en que lo preparamos

Con este discurso entenderán que no me costara demasiado tener mi propia columna de cocina en el Vogue americano, un trabajo que me permitió reubicarme en la vida social de esa ciudad en la que nunca te sientes extraña.

Mmm…Creo que es el momento de recordar a mi hija Lou Lou. Es increíble como los hijos repetimos malgré nous las tonterías que hicieron nuestros padres. Ella sin duda se parecía mucho a mí. Del último colegio en Suiza la expulsaron porque su San Bernardo se comió a un caniche. ¿Qué esperaban, que el caniche se comiera al San Bernardo…?

Fue una excusa un tanto sangrienta pero lo cierto es que mi hija resultaba ya bastante incómoda para la tranquilidad del colegio.

Mi madre aprovechó para volver a la carga con sus ideas modernas. Recogió a la díscola Lou Lou en Charleston Mannor y la presentó en sociedad para que pillara un buen partido. La niña, entre la fantasía adolescente y la necesidad de recuperar una estabilidad familiar que le había sido negada, aceptó. A los 18 años se casó con Desmond FitzGerald, El 29º Caballero de Glin y con él se fue a vivir a un imponente castillo en la campiña irlandesa.

Yo no la quise advertir pero enseguida me di cuenta de que aquel no era el lugar adecuado para una niña que había sido bautizada, no con agua bendita, sino con “Shocking” el inolvidable perfume de Schiaparelli (Fue idea mía, lo reconozco)

Aguantó un año y se separó. Pero la boda le vino bien. Aprendió por si misma una lección que yo ya había asimilado: si te casas muy joven y te divorcias  tout suite de un titulo nobiliario, tienes que ser muy tonta para no hacer lo que te de la gana el resto de tu vida.

Para sacudir el aburrimiento que solo la campiña irlandesa puede provocar, se vino a N. Y. a trabajar como modelo de Halston (a Lou Lou también le gustaba cambiar de aires)  y ahí volvimos a encontrarnos.

Confesaré algo inconfesable. Cuando la volví a ver  sentí como si me clavaran un puñal por la espalda. Me recordaba tanto a mi…¡Treinta años antes! Por primera vez me sentí vieja. Y esa sensación para una mujer como yo es una putada, aunque te la provoque tu propia hija. Menos mal que, para compensarlo fue ella la que me presentó a mi segundo marido: John Mackendry. Un comisario del Museo Metropolitano de Nueva York con el que no parecía tener ningún futuro, pero lo tuve…

Constituímos una pareja electrizante (calambres incluidos) que participaba de lleno en el mundo artístico de Manhattan. Nuestro apartamento del West Side se convirtió en un centro de reuniones donde exprimíamos al máximo nuestro particular joie de vivre…Hasta que apareció él.

No recuerdo bien quien le trajo a una de nuestras fiestas. Parecía tímido y hacía unas fotos bellísimas, desasosegantes…Me cautivó.  Gracias a mi entusiasmo y a mis relaciones (y a su trabajo claro)  Robert Mapplethorpe se convirtió en una de las figuras artísticas del momento. Todos le deseaban…incluso mi marido.

Tanto le deseó que una noche, despechado y puesto hasta el culo, se arrojó al vacío desde el balcón de nuestro apartamento (¡Qué mal gusto…!). Al saltar gritó que quería tocar el cielo, pocos segundos antes de espachurrarse contra el suelo: no hay nada peor que equivocarte de objetivos.

John sobrevivió a su error, pero hasta su muerte en 1975 no le recuerdo sobrio ni un solo minuto de su existencia. Y tengo muy buena memoria. De hecho me acuerdo que por aquel entonces yo estaba enrollada con Paul Getty III. Sí, el de la oreja. Ya que no me pude tirar a Van Gogh…

Cuando nos casamos, Andy(Warhol) ya me advirtió que John lo hacía con la insana voluntad de acostarse con mi hijo Alexis. Claro que a Andy no había que hacerle nunca demasiado caso. Pero era tan divertido…

La Factory y su court extravagant  se convirtieron en aquellos difíciles momentos en mi familia. Yo la madre claro. Un papel que no me costó demasiado asimilar porque por allí me encontraba suivant con mis hijos Lou Lou y Alexis.

Yo me ocupaba de cocinar para ellos intentando, como buena madre, alimentarles lo mejor posible. Una tarea nada fácil teniendo en cuenta el poco apetito que despiertan los  estupefacientes entre los seres humanos. Pero también participaba en muchos de sus proyectos, incluso como actriz: yo encarné a la enigmatica Lady Difiore en “Blood for Drácula” la inesperada incursión en el género de Paul Morrisey.

A mi edad estar ahí fue todo un regalo pero debo reconocer que me pasó factura y el día que se apagaron definitivamente las luces del Studio 54 yo también clausuré mi particular pista de baile.

Los años posteriores, gracias a Lou Lou y a su íntima amistad con Ives (Saint-Laurent) pude desarrollar mi creatividad como diseñadora de complementos para su marca en N.Y. Una actividad muy digna cuyo reconocimiento social disimuló mi decadencia con la dosis necesaria de allure que demandaba mi biografía.

El volcán se apagaba. Un buen momento para volver a la Provenza.

No lo olviden: el mundo es muy pequeño y nosotros podemos ser muy grandes. Nunca se dejen intimidar. Cada paso atrás es una rendición, cada zancada hacia delante, una conquista.

Aur voir, Maxine.

MAXIME DE LA FALAISE (née Maxine Birley)

Ahora están muy de moda las películas en 3 dimensiones. Te pones esas horrorosas  gafitas y, lo que hasta hace poco se veía plano, ahora salta a la vista creando una nueva realidad.

Yo nunca he necesitado esos trucos; mi mundo siempre ha sido multidimensional.  Por alguna razón me he rodeado de cosas y de gente que destacaban por sí solas sin necesidad de artificios (más allá de los puramente ornamentales, I mean)

Pero vamos al lío.

Yo, convertida en Maxime, volvía a Francia con mi recién estrenado marido. Cuando llegamos Paris estaba en plena reconstrucción y el lujo se proponía  como el mejor antídoto contra la amargura que inundaba el mundo después de la guerra. Las grandes maisons de couture reabrían sus puertas y nuevos talentos pululaban por sus talleres buscando la oportunidad que les permitiera crear su propia marca.

Mi marido, Alain Le Bailly Compte de La Falaise, tenía nombre (no hay más que verlo) pero  no era precisamente un hombre de negocios. Mentiría si dijera que vivíamos  con lo justo  pero si queríamos mantener nuestro estilo de vida había que trabajar.

Y me tocó a mí, para variar.

Gracias a Elsa (Schiaparelli), las cosas fueron más fáciles.  De niña mi madre me vestía con sus trajes ante la incrédula mirada de mis compañeras de colegio (ahí empecé a practicar mi deporte favorito: épater le bourgois) Pero nunca nos habíamos encontrado hasta que llegué a Paris.

No era  solo una modista, era una artista y una mujer libre. Su ropa reflejó como ninguna el espíritu de la vanguardia histórica. Duchamp, Dalí y Picasso, colaboraron en sus colecciones y fue sin duda la precursora del punk; vestidos rasgados,  cremalleras,…Y yo, en mi interior, siempre fui un poco punk.

En su maison ejercí como maniquí y como vendeuse para los clientes ingleses que buscaban en Paris huir de la niebla que inundaba los escaparates londinenses (faltaba mucho para que el bendito punk despejara el ambiente) Pero to tell you the truth cuando yo iba, Schiaparelli volvía. Su decadencia era un hecho y Coco Chanel, su enemiga número uno, aprovechó para sepultarla definitivamente en el olvido.

Pero yo me salvé. Cristian Dior, que acababa de inaugurar su propia maison, se fijó en mí. Después de vestir a las mujeres de los mandatarios nazis durante la ocupación  mientras su propia hermana era internada en un campo de concentración (lo que son las cosas), Paris cayó a sus pies. Y yo me apunté, of course.

Poco a poco empecé a hacer más cosas: diseñar para Paquin o Chloé, posar para los más grandes fotógrafos, inspirar colecciones,…

Entre trabajo y trabajo tenía además otras obligaciones. El conde y su familia necesitaban herederos y, una vez más, me tocó a mí. Y lo hice lo mejor que pude engendrando a dos maravillosas criaturas: Lou Lou y Alexis.

Siempre les quise mucho…pero lejos.  En aquellos años yo estaba, como la isla del Hierro, en una contínua erupción y los niños no estaban seguros entre tanto movimiento sísmico.

Porque como les digo yo era un volcán. Mi mundo giraba más rápido que el de mi familia y pronto me exilié a constelaciones que poco tenían que ver con la vida doméstica de una madre.

Creo que mi primer amante oficial fue Duff Cooper, el embajador inglés en Paris. Él y su mujer venían a menudo a cenar a casa y yo no es que sea una arruinahogares pero si tu marido es realmente interesante, mejor no me lo presentes. In fact, la historia con Duffi me la podía haber ahorrado, pero fue la excusa que me catapultó hacia otro universo: el de la infidelidad.

Luego apareció Dado (Rúspoli): aristócrata, play-boy, bonn vivant, una juerga vamos. Solo les diré que Federico (Fellini) se inspiró en él para crear el aristócrata protagonista de “La dolce vita” ¿No hubieran caído ustedes también en sus brazos?

Y  el fabuloso Max (Ernst) que ya chocheaba un poco pero me hacía tanta gracia enrollarme con un dady dadá…Tenían que ver con qué habilidad se manejaba en la chaise lounge

Y Louis (Malle), al que me cepillé antes de que se montara con la Moureau (Jeanne) en “un ascensor hacia el cadalso”.

Tantos y tantos…¡Y tan interesantes! Un volcán, como les digo. Tan entregada estaba yo a mis cosas que hice con mis hijos lo que mis padres hicieron conmigo: olvidarlos.

Y de mi marido ni hablamos.

Mientras Lou Lou y Alexis vagaban por distintos colegios europeos y americanos, mi matrimonio con el conde llegó a su fin y yo sentí que tenía que cambiar de escenario. Antes de que me echaran, abandoné Francia y regresé a New York.

Pero esa es otra historia

(to be continued)

Un consejo, si en esta vida quieren divertirse un poco, no se conformen con lanzar moneditas a la fuente: hagan como Anita y…¡Mójense!

MAXINE BIRLEY

Estoy muerta desde hace 3 años. Una situación bastante incómoda para una mujer que vivió como solo yo supe vivir. Si resucito es gracias a la imaginación de un imbécil que se ha acordado de mí gracias al reciente fallecimiento de mi hija Lou Lou. La muy zorra, hasta  en este inusitado revival me tenía que quitar protagonismo.  De todas formas a mí, todo lo que sea salir, me pone. Y más para ser protagonista, aunque sea de un blog tan minoritario como pretencioso.

Para que se hagan una idea, Cecil Beaton (The photographer, I mean) llegó a definirme como la única inglesa realmente  chic de mi generación. Y Cecil de eso sabía un rato, se lo aseguro. Pero si les quedan dudas, en el 2004 el diario The Independent habló de mí como “uno de los más grandes iconos del estilo todavía vivos”.

Con estos antecedentes seguro que ya me han clasificado en la categoría de gandulas. Se equivocan.

Voy a demostrarles cómo detrás de una pionera trendsetter se escondía simplemente una mujer trabajadora. Aunque, por alguna convención universal, los callos nunca aparezcan en las fotos. Por lo menos en el tipo de fotos que me hacían a mí.

Cuando llegué al mundo mis padres vivían en Londres, concretamente en Hampstead, el barrio con más millonarios por metro cuadrado de toda Inglaterra. “Snob but not posh”. En sus calles vivieron vecinos tan ilustres como Sigmund Freud, Charles Dickens o Aghata Christie. Aunque la verdad, en los últimos años aquello parecía La Moraleja, con parvenus tan poco recomendables como Boy George, Russel Crowe o George Michael (pobre George,  tan ansioso…Aún hoy, si sales a pasear al anochecer por el parque de Hampstead Heath y vislumbras detrás de un seto un penacho con infames vetas amarillas apuesta a que es Georgette practicando el sex-express, una alternativa lúdica a la muy inglesa caza del zorro)

En ese mismo parque jugué yo durante mis primeros años ( no a los mismo juegos, claro). Bajo aquellos árboles milenarios, en aquellas praderas cubiertas por cientos de conejos blancos y ardillas saltarinas, intentaba entender mi mundo. Y no era fácil, se lo aseguro.

Mi padre era un ilustre retratista . Vraiment, no se si fue una overdose del óleo que utilizaba lo que afectó tanto a mi madre  o es que venía así de fábrica. Si hubiera vivido en el Bowery durmiendo entre cartones la hubieran llamado loca. En Hamstead simplemente era una excéntrica. Su afición a la jardinería le llevaba a alimentar sus plantas con Langosta Thermidor o directamente a emborracharlas con potajes flotando en cognac.  Una atención que, desde luego, nunca demostró conmigo.

Los niños no vemos las cosas igual que los mayores. A mí poco me importaba que mi padre estuviera pintando un retrato a Elizabeth II o que mi madre cocinara durante horas para darle de cenar a Rudyard Kipling. Lo único que sabía es que ese tiempo no me lo dedicaban a mí. Pero por si tenía alguna duda, durante sus constantes viajes all over the world, me colocaban en casa de mi abuela (toujours charmant) o con familias que me adoptaban por temporadas.

Si, me sentía muy sola.

¿Qué me quedaba? Trabajar, como lo oyen. Cuando estalló la II guerra mundial participé activamente con las fuerzas aéreas. El uniforme azul, la verdad, me sentaba increíblemente bien. Gracias a mi excelente francés (no jokes, s´il vous plait) me tuvieron almacenando datos mientras las bombas hacían temblar el viejo Londres ¡Qué horror! Tenían que haber visto esas instalaciones: frías, oscuras,…Tan inglesas…Y lo peor, ese miedo constante, imposible de obviar.

Yo era todavía una joven muy vulnerable y aquella experiencia me llevó a perder la cabeza y hacer lo último que se esperaba de una Hampstead Lady. En fin, que me dio por robar (Eso también es un trabajo ¿No?) Pero no cualquier cosa, solo aquello que brillaba. Era como si, en aquel ambiente lúgubre, aquellos objetos lograran recargar la batería de la mujer brillante que yo llevaba dentro.

Hasta que me pillaron y me largaron. Así, tal cual. Mi guerra había terminado. Cuando intenté volver a la casa familiar con las orejas gachas me dijeron que no tenían sitio para mi. Y eso que por aquel entonces vivían ya en Charleston Mannor. Una delirante mansión del siglo XI en Sussex. Era evidente que una reconocida ladrona no podía ser invitada con la libertad necesaria a las grandes casas que frecuentaban mis padres, ni siquiera a la suya. No les culpo: me hubiera puesto las botas.

Así que optaron por la solución más clásica (y eso que mis padres eran “modernos”) Con un gigantesco equipaje (Schiaparelli glowns incluided)  me embarcaron para los Estados Unidos de América con el pueril objetivo de encontrar un marido rico que cargara conmigo y les dejara por fin en paz ¡Como si les hubiera molestado alguna vez!

En New York nadie me conocía y la guerra se vivía de otra forma: no se escuchaban las bombas, no había refugios, no existía el miedo. Eso siempre lo exportan, como tantas otras cosas. Y había fiestas. Sobre todo para una chica guapa y elegante que trabajaba en Vogue (De algo me tenía que servir mi familia)

Yo, que me había sentido muy sola, opté por asistir a todas las fiestas a las que me invitaran (Si, eso también es trabajar) Y fue en una de ellas donde conocí al que, pocos meses más tarde, se convertiría en mi marido: Alain de La Falaise. Un conde francés 20 años mayor que me permitió dar el cambio que mi vida necesitaba.

Semejante cambio se materializó en una letra: cambié la “n” de Maxine por la “m” de Maxime y me convertí en Maxime de La Falaise: toda una declaración de intenciones.

Así, con nuevo nombre y nuevo marido regresé a Europa por la puerta grande (¿me lo curré o no me lo curré?) y aterricé en un Paris deslumbrante que me recibió con los brazos abiertos.  En la ciudad de la luz (¡Dónde mejor!) empezó mi nueva vida. Una vida que dió mucho, mucho de sí. Pero esa es otra historia…

(to be continued)

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