FUMATA ROSA

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Soy uno de los cardenales participantes en la elección del nuevo Papa. Una candidatura a la que en teoría se puede presentar todo el mundo pero que, en realidad, supone la culminación de una larga trayectoria política en el seno del Vaticano.

Nuestro Señor Jesucristo ya llegó a la tierra con el poder  Divino, nosotros tenemos que ganarlo.

Elegimos al nuevo Obispo de Roma, al Jefe del Estado del Vaticano, al Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, al Pontífice Supremo de la Iglesia Universal,…

Vamos, que esto no es Miss España.

Para sobrellevar el Conclave  entre reunión y reunión charlamos animadamente sobre fruslerías  que nos permiten livianizar el peso de una decisión histórica.

Por ejemplo, sobre zapatos. Desde las  humildes “sandalias del pescador” que se puso el primer Papa de la Historia, las modas en calzado eclesiástico se han visto representadas por las mejores marcas internacionales; de todos es sabido la afición de Ratzinger a Prada, yo soy más de John Loob, en Saville Road.

Parecerá una frivolidad, pero nuestra desmedida afición a los zapatos de lujo solo demuestra que, más allá de la vocación celestial, tenemos los pies en la tierra. Y para cristalizar una auténtica tarea evangelizadora tenemos que pisar fuerte. Si lo hacemos con delicados materiales adaptados primorosamente a nuestros pies, mucho mejor. Un mal juanete en un Papa se puede convertir en una encíclica diabólica (si se me permite la expresión)

También hablamos de cosas nuestras. Ya saben, las que afectan a nuestro espacio más íntimo. No hay nada como un Cónclave para intercambiar datos y teléfonos de monaguillos y coristas. Esos jovencitos que, impulsados por el amor a Dios, nos mantienen alerta del pecado ¿Y qué sería de la Iglesia sin el pecado?

Desde luego no todos se entregan a esas prácticas, pero no hay nadie en todo el Vaticano que no las conozca.

Mucha gente ve una contradicción entre nuestra cerrada oposición al matrimonio homosexual y los habituales escarceos vividos en el seno de la Iglesia.  Pero ¿Cómo vamos a sacramentalizar el pecado? El pecado se vive, se disfruta y se paga con la culpa.

Un pecado glorioso que se despierta entre el fru fru de las casullas, en la intimidad de los confesionarios, silenciado por el eco sordo de las cúpulas y embriagado por el santificado aroma del incienso.

Aventuras que se alimentan del secreto y de la culpa, siempre los mejores afrodisíacos.

Pero no estamos solos. Pronto las monjas (siempre un paso más atrás)  también saldrán del armario. No se me ocurre un nombre más excitante que el que detentan las religiosas en proceso de formación: novicias.

Si el escrutinio para elegir al nuevo Papa reflejara la realidad de la Iglesia no se materializaría en una fumata blanca. El humo nacido del fuego que arde en las entrañas del Vaticano sólo podría tener un color: el mismo que los zapatos de Benedicto XVI. Y no precisamente para pedir la ordenación sacerdotal de las mujeres…

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